Durante años, creí saber cómo lavar la ropa. Como la mayoría, llenaba la lavadora, añadía detergente, pulsaba unos botones y me iba. Pero, independientemente de la marca de detergente que usara, mi ropa solía salir opaca, áspera o con ese ligero olor a humedad que nunca desaparecía del todo.
Hace poco descubrí algo sorprendente: el problema no era el detergente, ni la lavadora, ni siquiera el agua. Era yo. Más precisamente, era la forma en que usaba el dispensador de detergente.
continúa en la página siguiente
